¿Somos nuestras creencias? Cómo las historias que creemos sobre nosotros moldean la forma en que vivimos.
"No son las cosas las que nos perturban, sino la opinión que tenemos sobre ellas."
— Epicteto
Hay una pregunta que me acompaña desde hace tiempo.
¿Cuántas de las cosas que hoy creo sobre mí, sobre los demás y sobre la vida son realmente verdades... y cuántas son historias que he aprendido a creer?
No solemos pensar mucho en nuestras creencias. De hecho, la mayor parte del tiempo ni siquiera somos conscientes de que existen. Simplemente vivimos desde ellas. Como si fueran hechos. Como si describieran la realidad exactamente como es. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a considerar que entre lo que ocurre y la forma en que lo comprendemos siempre existe un filtro: nuestra manera de mirar el mundo.
Ese filtro empieza a construirse mucho antes de que podamos elegirlo. Se forma en la familia en la que crecimos, en las palabras que escuchamos sobre nosotros, en las experiencias que nos marcaron, en los vínculos que tuvimos y en las conclusiones que fuimos construyendo para intentar comprender la vida. Poco a poco esas interpretaciones dejan de sentirse como interpretaciones y empiezan a parecer verdades.
Entonces aparecen frases que repetimos casi sin darnos cuenta: "No soy suficiente." "Siempre termino decepcionando a los demás." "Tengo que hacerlo perfecto para que me quieran." "No puedo confiar en nadie." "Así soy yo." Con el tiempo dejamos de escuchar estas frases como una forma de interpretar nuestra experiencia y empezamos a confundirlas con nuestra identidad.
Y quizá ahí empieza una parte importante de nuestro sufrimiento.
No siempre sufrimos únicamente por lo que vivimos. Muchas veces sufrimos por la historia que construimos acerca de lo que vivimos.
Dos personas pueden atravesar una experiencia parecida y construir significados completamente distintos. Una puede concluir que no merece ser amada. La otra puede descubrir que necesita aprender a poner límites. Los hechos pueden ser similares; la historia que construimos sobre ellos no. Y esa diferencia cambia profundamente la forma en que habitamos nuestra vida.
Me gusta pensar que las creencias son como un mapa. Un mapa nos ayuda a orientarnos, nos permite comprender el territorio y encontrar un camino. El problema aparece cuando olvidamos que el mapa no es el territorio. Cuando confundimos una representación con la realidad misma.
Creo que algo parecido ocurre con nuestras creencias. Nos ayudan a darle sentido a lo que vivimos, organizan nuestra experiencia y nos permiten comprender el mundo. Pero cuando dejamos de cuestionarlas, empezamos a creer que esa es la única forma posible de mirar la realidad. Y olvidamos que otras personas pueden estar recorriendo el mismo territorio con mapas completamente distintos.
Quizá por eso una de las cosas más difíciles del autoconocimiento sea reconocer que no vemos el mundo tal como es. Lo vemos desde la historia que hemos vivido. Miramos la realidad a través de nuestras creencias, como si lleváramos unas gafas que hemos usado durante tanto tiempo que olvidamos que las tenemos puestas. Y cuando olvidamos que existen, dejamos de preguntarnos si aquello que vemos pertenece realmente al mundo... o a la manera en que aprendimos a mirarlo.
Pero hay algo profundamente esperanzador en todo esto.
Si muchas de nuestras creencias fueron aprendidas, también pueden ser revisadas.
No para convencernos de que todo es posible. No para repetir frases positivas que todavía no sentimos verdaderas. Sino para hacer algo mucho más honesto: empezar a preguntarnos si esas historias siguen describiendo quiénes somos hoy.
Creo que el autoconocimiento no consiste únicamente en descubrir nuevas respuestas sobre nosotros mismos. Muchas veces consiste en atrevernos a cuestionar las respuestas que llevamos años dando por ciertas.
Porque quizá no somos inseguros.
Quizá aprendimos a creer que no podíamos confiar en nosotros.
Quizá no somos personas incapaces de amar.
Quizá hubo momentos en los que amar dolió y esa experiencia terminó convirtiéndose en una historia sobre quiénes éramos.
Y esas dos maneras de comprendernos no son iguales.
Una nos encierra.
La otra deja espacio para el movimiento.
Por eso cada vez me interesa menos preguntarme quién soy y me interesa más preguntarme desde qué historias estoy intentando responder esa pregunta. Porque las creencias no son únicamente ideas. Son el lugar desde donde interpretamos nuestra experiencia, construimos nuestra identidad y nos relacionamos con el mundo.
Tal vez nunca dejemos de vivir desde algún mapa. Pero quizá la libertad consista en recordar que ningún mapa alcanza a contener todo el territorio. Que nuestras creencias pueden orientarnos, pero no definirnos por completo. Y que siempre existe la posibilidad de ampliar la manera en que comprendemos quiénes somos.
Para seguir moviéndonos
Hoy quiero dejarte una pregunta.
¿Qué idea sobre ti has repetido tantas veces que dejaste de preguntarte si realmente sigue siendo cierta?
Quizá el autoconocimiento no empiece cuando descubrimos quiénes somos.
Quizá empiece cuando nos atrevemos a revisar las historias desde las que hemos aprendido a vivir.
